lunes, 3 de septiembre de 2007

EN CASA DE LEZAMA LIMA




Cuando hace unos días visité la casa museo del escritor cubano José Lezama Lima en La Habana Vieja lo primero que pensé es en lo difícil que sería para un asmático como Lezama convivir con el clima húmedo de La Habana sin entregarse a la molicie definitiva. Entré en la casa casi con vértigo histórico. La casa de Lezama de la famosa calle Trocadero es una casa humilde. Hacía mucho calor, y yo pensaba en la obesidad de Lezama, y en su asma, y en su afición a fumar profundos Cohíbas. Cuando entré en el cuarto que fue el despacho de Lezama Lima lo primero que miré fue el techo: quería saber si había ventilador, y no lo había. Sin ordenador, sin aire acondicionado o un buen ventilador, con asma y con obesidad, ¿cómo demonios se puede escribir una novela como la voluminosa “Paradiso”? Porque “Paradiso” es, antes que nada, seiscientas páginas escritas con turbulento amor extremo a la lengua española (aquí no podemos hablar si queremos ser históricamente un poco serios de “castellano”), con arrebatados laberintos de memoria, poesía y sueño, seiscientas páginas de enigmas humanos, seiscientas páginas de literatura en estado terminal. Y yo me pregunté, allí, en ese despacho de la calle Trocadero, que cómo pudieron ser escritas tantas páginas en ese cuarto tan salvajemente caliente, en ese horno en donde el aire era humo denso de tabaco cubano. Se me antojó la literatura una tarea física. Un esfuerzo para hombres duros. Pensé en Tolstoi, en Galdós, esclavos de las palabras, escribiendo a mano, destrozados los dedos índice y pulgar, gente que lo mismo descarga un camión de polvorientos ladrillos que escribe “Fortunata y Jacinta”. Ya nadie quiere trabajar en esas condiciones. No tiene sentido, eso pensé. Hoy no tiene sentido una vocación tan bárbara como la que llevó a Lezama Lima a escribir “Paradiso” sin que nadie se lo pidiera, y sobretodo, sin que nadie le diera un duro por el libro.
La máscara mortuoria de Lezama se exhibe también aquí, junto con recuerdos familiares: muchas fotos de Lezama con su madre. Los imaginé a los dos, junto con la mujer de Lezama, compartiendo los estrechos pasillos del habitáculo. No me quisieron enseñar el retrete, para mí fundamental en una casa de escritor. Pero, según se me explicó, el retrete no formaba parte de la casa museo. Indagué más sobre el retrete. Se me volvió a decir que ahora ya no existía como tal y que lo habían transformado en un pequeño almacén para guardar cajas. Quise ver el pequeño almacén. No pudo ser. Me hubiera gustado visitar el lugar en donde Lezama se retiraba de la vasta encomienda literaria que le otorgaron los ángeles con cabeza de perro y le daba al mundo el vasto latigazo de la evacuación de su cuerpo infernal. Pobre Lezama, pensé. Enterrado en ese despacho, con treinta grados de temperatura y noventa por ciento de humedad, sin ventilador, sin dinero, sin palacios, sin destino. Solo con su vocación irremediable. Solo fumando puros destructores y definitivos. Padre Lezama Lima, ya no existen vocaciones así. El mundo no está para palabras raras.
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Artículo publicado en "ABC", 2-Septiembre-2007

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5 comentarios:

Javier López Clemente dijo...

Excelente regreso.

Salu2 córneos.

Fernando Sarría dijo...

Querido amigo, la verdad es que ese mundo del que hablas sigue existiendo y siguen escribiendo en otros lugares gentes de todas las razas, con sus sentidas sensaciones y emociones...qué tendrá que moviliza de tan diferentes formas a tantas personas?...de todos modos tienes razón , pocos de los que conocemos lo harían...bienvenido Comandante.

Ana Muñoz dijo...

yeah, yeah. Ave Vilas!

un lector dijo...

¡Viva el Comandante Vilas!

José María Pérez Álvarez dijo...

Estuve releyendo tu entrada acerca de Lezama. La verdad es que hace años que leí Paradiso. Lo que dices es certero, como siempre. Pero se me ocurre que Lezama, el gordo y fumador Lezama es poliédrico: es decir, aparte de Paradiso está Opiano Licario y sus ensayos (sensacional el del barroco español) y su poesía. Apunto, como posibilidad, que el inconmensurable Lezama, inconmensurable en todos los aspectos, podría haber metido sus ensayos y su poesía en Paradiso: englobar en esa obra enorme toda su literatura. Y si se tercia sus puros y hasta las defecaciones que no pudiste ver dónde dejaba y que serían grandes como ensaimadas, supongo. Perdón por lo escatológico.