Para que quede claro que los zombis son escoria política, el primer capítulo de The Walking Dead se abre con el fusilamiento cerebral de una niña zombi, que arrastra un osito de peluche. Nos gusta que maten a un niña zombi, no vemos niñez ni inocencia en ella, solo vemos miseria y excremento. Miseria y alienación son dos conceptos políticos. Por cierto, hay un personaje en The Walking Dead que es clavadito al cantante español Peret. Me refiero a Dale (interpretado por Jeffrey DeMunn). Dale y Peret tienen el mismo toque visual de barba blanca, el mismo mentón, la misma cabeza. Cada vez que veo a Dale en la pantalla de la tele, pienso que en cualquier momento va a romper a cantarles a los zombis “una lágrima cayó en la arena, en la arena cayó tu lágrima”. Zombis y rumba catalana.
Desde que los inventó el director de cine George A. Romero en la legendaria película La noche de los muertos vivientes (1968) hasta la serie de televisión The Walking Dead (2010) los zombis han campado a sus anchas por el mundo de los vivos. Romero les atribuyó una cualidad fundamental: que van a dos por hora. No corren. Eso pensaba Romero: que la muerte era lenta, que la muerte te convertía en el cochambroso caracol más lento del universo. Romero se inventó un bicho humano al que poder pegar tiros en la cabeza sin remordimiento alguno. Romero se inventó la democratización de Drácula. Se inventó un submundo muy mexicano. La estética zombi se basa en los grotescos esqueletos mexicanos, en la Santa Muerte. El no-muerto perdía su aura romántica, le era retirado su encopetamiento aristocrático. El no-muerto se convertía en masa. Porque la característica del zombi es ser masa, y ser nadie. El zombi nunca estuvo vivo. Lo que arroja un saldo metafísico: la vida no existe.
El principal horror del zombi es que va en manifestación, es decir, es un colectivo, por tanto, el zombi tiene argumento político. Entre los zombis no hay distinción social. El zombi es pobre. No hay líderes entre los zombis. Parecen comunistas mudos. Sí, son comunistas. O mucho peor: anarquistas. Además, han perdido la subjetividad del mundo burgués. Exactamente, son “anarcomoribundos”. Me hace gracia pensar en la posibilidad de que Lenin fuese el primer zombi de la Historia. Yo creo que los zombis incluso pudieran simbolizar la demonización naïf que la cultura popular americana hizo del bolchevismo.
No tienen ocio los zombis. ¿Qué hacen mientras no persiguen vivos? Se quedan por ahí tirados, en las calles. Son vagos, perezosos e inútiles. Se sientan en una butaca de autobús derruido y allí se quedan, a la espera de oler a carne humana o a la espera de oír algún ruido. No son capaces ni de ponerse la camisa por dentro del pantalón. Sus harapos representan el terror que nos inspira el Tercer Mundo. Porque el Tercer Mundo es un mundo de zombis. Estoy esperando una película de zombis musulmanes. Cualquiera se atreve con eso. Imposible. Hay zombis negros, chicanos, chinos, indios, pero no hay zombis musulmanes. ¿Zombis etarras? No sé. El cientificismo con que a veces se decoran estas películas es chiripitifláutico: que si es un virus que bloquea el cerebro, que si un mordisco te contagia, que si no haces ruido no se enteran de nada, y que por eso es mejor rematarlos con silenciosas flechas de ballesta.
A mí me gusta cómo el protagonista de The Walking Dead, el sheriff Rick Grimes dispara con su revólver. Me gusta cómo suda matando zombis. La esposa de Rick tiene un rollo con Shane Walsh, el amigo íntimo de su esposo. El lado de los vivos es bastante sórdido. Esto se lo inventó Romero, el hecho comprometido de que los vivos que luchan contra los zombis sean desleales y perversos. Igual quería Romero que dudásemos si estar con los zombis o con los supervivientes, o lo que es peor: que no advirtiéramos ninguna diferencia entre vivos y muertos. Esa es la parte que menos me gusta del reino de los zombis: su relativismo, su profunda desesperación, su apocalíptica mirada.
He vuelto a ver algunas viejas películas de George A. Romero. Son tan aburridas que casi me resultan conmovedoras, pero claro, no me dan nada de miedo. Ya nada me da miedo, será que me he hecho viejo. Vi una de 1985, titulada El día de los muertos. En ella, un científico loco consigue amaestrar un zombi. El zombi amaestrado parecía un mono que sabía coger un teléfono, empuñar una pistola y abrir las páginas de un libro. La cultura de la supervivencia extrema es patrimonio del cine estadounidense. The Walking Dead actualiza esa cultura, es una cultura de la tristeza, del pesimismo y del aniquilamiento. El zombi es una metáfora del miedo a todo, del miedo a la vida y a la muerte, de ese pánico generalizado, tras el 11-S. El zombi no existe. La muerte sí. Y la muerte es humana y racional. La muerte de los seres humanos no es ridícula, el zombi sí lo es. ¿Qué hacer con un zombi? Lo que siempre se ha hecho: darle una limosna, un euro para que se compre una Coca-Cola.








